Si bien hay mucho que refutar hoy en día al pensamiento de Herbert Spencer, creo también que su fama es de alguna manera proporcional a su genialidad. Spencer, sin duda políticamente incorrecto a vista del día hoy, es más que el pensador racista que muchos quieren ver.

 

En este caso, quiero comentar en específico la relación que Spencer hacer entre las sociedades animales y la humana, aunque para probar un punto distante del de él. Lo que quiero poner en entredicho son las numerosas lecturas soñadoras y vacías de hoy en día, que a fin de escapar a la angustia y la aridez del mundo actual, niegan la necesidad de un orden y una jerarquía social, como si en algún momento o en alguna especie eso hubiera existido.

 

Para esto, aunque parezca una mera conveniencia, me gustaría retomar la idea de Comte, en la cual habla del sociólogo como el sabio. Digo conveniencia, pues en general disto sustancialmente del pensamiento del francés, pero creo que en este caso, el pensador acierta tremendamente y que radica en el incumplimiento de lo anterior la incapacidad en muchos caso que veo en la sociología contemporánea. Tomando en cuenta lo anterior, pudo entonces introducir mi profunda molestia con la tendencia metafísica que noto en la sociología de estos días, como si a caso, alguna solución posible pudiera encontrarse en suposiciones vacías de contenido. En este sentido creo que la sociología se confunde a menudo con el Trabajo social, también, como si el fin de la sociología fuera desarrollar pequeñas técnicas para la mejoría de según qué grupos sociales.

 

Ahora, regresando a Spencer y a Comte, creo que antes de ser capaz de proponer modelo social alguno, mejoría ninguna etc.,  habría que conocer profundamente, no sólo la historia de nuestro camino como grupo por el mundo, sino las formas y posibilidades de otros animales, pues creo que, no sólo es a través del conocimiento que un aporte real podrá hacer hecho, sino que es así como podríamos comenzar a zafarnos de la metafísica como gran sueño que no tiene arraigo alguno y que, para hablar del polo occidental, nos ha confinado al a este lugar macabro en el que se vive actualmente, resultado de pensar que lo futuro será mejor, de suponer sobre lo que no se conoce, de no arraigarse…

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Sobre el positivismo

23 de septiembre de 2012

Siendo una persona profundamente opuesta al positivismo, he de decir que es, sin duda, la idea de “progreso” lo que más me incomoda en él. No sé si es la incongruencia o la para mí evidente falacia en él, lo que desata mi desesperación.

Por positivismo, podemos entender a la corriente filosófica decimonónica que surge en Francia en el siglo XIX y que critica la forma en la que se ha venido tomando el conocimiento hasta entonces por no seguir métodos científicos. Así, para sus seguidores, ninguna respuesta anterior es aceptable, pues lo que les importa es encontrar en lo social leyes aplicables en este caso también a lo social. De esta forma, establece una linealidad evolutiva, según la cual, el tiempo venidero superará el presente, teniendo hacia el progreso social.

Teniendo lo anterior en cuenta, tengo la necesidad de referirme a esta forma de pensar, no sólo como la hipertrofia del pensar moderno, sino como una muy perniciosa dirección que el conocimiento ha tomado y de la que aún no hemos logrado librarnos. También, podría decir que el positivismo es la encarnación misma de la incongruencia que la propia modernidad tiene en sus entrañas.

La modernidad, si bien busca liberarse del peso de Dios mediante la razón, cae en su propia trampa: no es posible pensar la razón ni exaltarla de tal modo, sin un bagaje dicotómico cristiano detrás. De este modo, aunque el positivismo busque a toda cosa exaltar el conocimiento científico, cae una vez más en el mismo juego, pues la idea de progreso y la promesa de un futuro perfecto reemplazando a nuestro mundo menos perfecto, no es más que una clara impronta mental de las enseñanzas cristianas y la espera por un “más allá”.

Así, creo exponer, aunque a forma de vuelo de águila, lo alienado que está el pensar occidental, especialmente, de aquello que se piensa liberado, o de lo que trata continuamente de liberarse.

Por otro lado, para terminar con lo que planteé en un inicio, está el tema de lo falaz en la idea de progreso, aunque el argumento sea quizá solamente una visión personal. Creo entonces, que la historia no es una línea recta, que no hemos realmente evolucionado y que en muchas circunstancias ayer no es mejor que hoy. Muchos hemos crecido engañados, confundiendo avances científicos con evolución y progreso, sin dudar nunca que tenemos condiciones de vida muy superiores a las anteriores, y sin embargo, tengo que negarme a esta afirmación. No me parece que los avances tecnológicos, las comodidades y las “libertades” de hoy signifiquen a priori ningún avance con respecto a muchos ayeres. La pérdida de sentimiento de grupo, el hambre que azota al mundo, el daño al planeta y el inminente colapso del modelo económico y social actual, por nombrar algunos, me parecen marcadores a ser tomados en cuenta antes de decidir el camino por el cual seguir.

Quizá sería conveniente dar una mirada hacia atrás, no para “ser como los cangrejos”, sino para ser capaces de recuperar aquello que durante tantos siglos funcionó y que hace falta a la tradición que arrastramos hasta hoy. A veces, creo necesario admitir derrota.

Manual para sobrevivir en la clase media

...en mareas posmodernas...