Sobre el positivismo

23 de septiembre de 2012

Siendo una persona profundamente opuesta al positivismo, he de decir que es, sin duda, la idea de “progreso” lo que más me incomoda en él. No sé si es la incongruencia o la para mí evidente falacia en él, lo que desata mi desesperación.

Por positivismo, podemos entender a la corriente filosófica decimonónica que surge en Francia en el siglo XIX y que critica la forma en la que se ha venido tomando el conocimiento hasta entonces por no seguir métodos científicos. Así, para sus seguidores, ninguna respuesta anterior es aceptable, pues lo que les importa es encontrar en lo social leyes aplicables en este caso también a lo social. De esta forma, establece una linealidad evolutiva, según la cual, el tiempo venidero superará el presente, teniendo hacia el progreso social.

Teniendo lo anterior en cuenta, tengo la necesidad de referirme a esta forma de pensar, no sólo como la hipertrofia del pensar moderno, sino como una muy perniciosa dirección que el conocimiento ha tomado y de la que aún no hemos logrado librarnos. También, podría decir que el positivismo es la encarnación misma de la incongruencia que la propia modernidad tiene en sus entrañas.

La modernidad, si bien busca liberarse del peso de Dios mediante la razón, cae en su propia trampa: no es posible pensar la razón ni exaltarla de tal modo, sin un bagaje dicotómico cristiano detrás. De este modo, aunque el positivismo busque a toda cosa exaltar el conocimiento científico, cae una vez más en el mismo juego, pues la idea de progreso y la promesa de un futuro perfecto reemplazando a nuestro mundo menos perfecto, no es más que una clara impronta mental de las enseñanzas cristianas y la espera por un “más allá”.

Así, creo exponer, aunque a forma de vuelo de águila, lo alienado que está el pensar occidental, especialmente, de aquello que se piensa liberado, o de lo que trata continuamente de liberarse.

Por otro lado, para terminar con lo que planteé en un inicio, está el tema de lo falaz en la idea de progreso, aunque el argumento sea quizá solamente una visión personal. Creo entonces, que la historia no es una línea recta, que no hemos realmente evolucionado y que en muchas circunstancias ayer no es mejor que hoy. Muchos hemos crecido engañados, confundiendo avances científicos con evolución y progreso, sin dudar nunca que tenemos condiciones de vida muy superiores a las anteriores, y sin embargo, tengo que negarme a esta afirmación. No me parece que los avances tecnológicos, las comodidades y las “libertades” de hoy signifiquen a priori ningún avance con respecto a muchos ayeres. La pérdida de sentimiento de grupo, el hambre que azota al mundo, el daño al planeta y el inminente colapso del modelo económico y social actual, por nombrar algunos, me parecen marcadores a ser tomados en cuenta antes de decidir el camino por el cual seguir.

Quizá sería conveniente dar una mirada hacia atrás, no para “ser como los cangrejos”, sino para ser capaces de recuperar aquello que durante tantos siglos funcionó y que hace falta a la tradición que arrastramos hasta hoy. A veces, creo necesario admitir derrota.

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Sobre la exposición hecha por Raymond Aron sobre “El espíritu de las leyes” de Montesquieu en “Las etapas del pensamiento sociológico, he de empezar por asentir firmemente. Aron, a mi parecer, expone de forma clara y concisa el pensar de Montesquieu, contextualizándolo en su época, pero resaltando los problemas en su discusión.

A este respecto, lo que más llama mi atención es el problema del idealismo y de la clasificación que encontramos en Montesquieu como uno de los pensadores en las bases de la sociología, pues pienso que estos problemas existen y persisten hasta nuestros días.

Desde un principio, me parece claro que la insistencia con la moral y la universalidad son los límites que el francés se pone constantemente a sí mismo, intentando quizá encontrar para sí mismo un tipo de organización social que no le genere angustia. Así, desde un punto de vista completamente occidental y muy propio de su época, recorre de manera general la historia universal para clasificar y calificar las formas sociales y gubernamentales sin poder ir más allá, sin entender la profundidad de lo que cada polo genera para sí mismo, aunque sí haciendo un esfuerzo inmenso para plantearlo.

Creo, a la manera de René Girard, que los juicios morales no caben en una aproximación sociológica. Para lo anterior, habría que partir de una visión fenomenológica que no encontramos en Montesquieu, pues para empezar parte ya de juicios de valor con respecto a lo que es o no la naturaleza humana, y partir de ello considera que hay regímenes que la contradicen, como si a caso ésta fuere definible desde un polo y un momento histórico dado. Aron, a este respecto, cuestiona suspicazmente: “El despotismo, afirma Montesquieu, contradice la naturaleza humana, Pero, ¿qué es la naturaleza humana? ¿Es la naturaleza de todos los hombres, en todas las latitudes y todas las épocas?”[1].

Giorgio Agamben, en “Lo abierto”, plantea que lo humano, occidentalmente, se define sólo a partir de aquello que no es, a decir, en contraposición con lo animal, excluyendo todo aquello que hace ruido a esta tan endeble definición. Así, si combinamos el universalismo en Montesquieu con su idealismo, tenemos una aproximación a un Ser Humano esquizofrénico, que sólo puede existir en las mentes modernas occidentales, y que deja ver sólo una parte del relato. Entender a las sociedades desde esta postura me parece imposible, ya que lejos de una aproximación, nos encontraríamos en una especie de aprehensión en la orden del “deber ser” a la que ninguna sociedad nunca ha respondido.

Para entender lo anterior, habría que entender a Heráclito a través de Girard por doloroso que sea. Los grupos sociales dejan de ser entonces lugares ideales o con tendencia al idealismo, para convertirse entonces en organizaciones que buscan la supervivencia del grupo, administrando esa parte desordenada en nosotros que Heráclito llama polemos. Aquí, he de hacer un paréntesis para reconocer a Montesquieu en su clasificación de las formas de gobierno según el número de habitantes del grupo, pues resulta pertinente pensar que dependiendo de esto, habrá que gobernar de un modo u otro; en cuyo caso, regreso a mi crítica en el momento en que el francés postula que hay gobiernos entonces que van contra naturaleza humana, lo cual es comprensible desde el párrafo anterior.

De esta forma, creo que la sociología aún hoy busca, aunque por distintos caminos, definir y calificar las formas sociales desde juicios morales y valorativos que caen las más de las veces en ejercicios necios y vacíos, inaplicables lejos de idealismos. Como respuesta muy vaga a este problema, pienso que habría que regresar por un lado a la reflexión de Montesquieu sobre el tamaño de los grupos para pensar nuestras desmedidas sociedades actuales, pero acompañando lo anterior de una visión fenomenológica a la manera de Michel Maffesoli, para entender y acompañar el hecho social mucho más allá de definirlo.

Bibliografía.

Aron, Raymond. Las etapas del pensamiento sociológico. Ediciones Siglo Veinte. Buenos Aires.

Michel Maffesoli. Elogio de la razón sensible: una visión intuitiva del mundo contemporáneo. Barcelona, Paidós, 1997

Giorgio Agamben Lo Abierto. El hombre y lo animal. Buenos Aires, Ed. Adriana Hidalgo, 2005.

René Girard. La violencia y lo sagrado. Barcelona, Anagrama, 1983.


[1] Aron, Raymond. Las etapas del pensamiento sociológico. Ediciones Siglo Veinte. Buenos Aires. Pág. 50.

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